La mujer era una diosa. Una heroína urbana de esas de las que hay muchas. Pero como ella ninguna. Los casi 30º que quemaban el asfalto de esta tarde de febrero no hacía mella en su onda y en su estilo.
Vestía de punta en blanco, con unos shores negros y una musculosa fucsia que le daban otro brillo a la Plaza Islas Malvinas.
Llegaba acarreando dos niños –un niño y una niña para ser más exactos– y sendas bicicletas.
No era uno, sino todos los hombres: cuando pasaban se daban vuelta para mirarla. Ella, imperturbable, indiferente a las miradas, a los escaneos que le propinaban sin distinción de clases, edades, ni creencias religiosas.
Los pequeños montados en sus rodados exigían cada vez más de la atención y la destreza de
la joven y bella madre, quien luego de varias vueltas, marchas y contra marchas no había
resignado ni un ápice de su glamour.
Pasé dos o tres veces por la plaza, y ella continuaba sin que su atenta mirada perdiera de vista a sus dos vástagos, ella atendía un moderno celular, seguramente con “touchscreen” y acorde a su personalidad; sabia amalgama de europea y neoyorquina.
Trate de buscar, de recordar, palabras que la describan; espléndida. Según la Real Academia Española, espléndido. (Del lat. splendídus) significa magnífico dotado de singular excelencia. Una definición más poética dice resplandeciente, creo que esta se ajusta más.
Pensé en tantas mujeres, que presentan quejas porque los hijos no les permiten tiempo para arreglarse, para “producirse”: No tiene tiempo para la peluquería, para la manicura,
etc.
Ella seguía ahí, celular en mano, niños bajo control, y un estilo, una onda y un glamour
que recordaba algún cuento de Bioy Casares ambientado en la Riviera Francesa.
Glamour y bicicletas
•Marzo 4, 2009 • 1 comentarioÉxtasis y agonía
•Septiembre 16, 2008 • Dejar un comentario
Ella pensó que su cuerpo iba a estallar, sintió arder las mejillas y los lóbulos de las orejas. Sus extremidades no le respondían. Las manos no paraban de acariciar y agarrar las sábanas. Las piernas no dejaban de anudarse detrás de él. El corazón latía con una fuerza extraña e inusual y la respiración irregular se convertía en gemido.
Sitió que sus labios se partían de secos, cerró los ojos y se vio en un desierto con sol abrasante que quemaba hasta las entrañas.
Una chispa de lucidez le hizo pensar en la sutil diferencia entre el placer y el dolor. Hubiera querido que ese momento se prolongue por siempre como un espiral interminable. Pensó otra vez, ahora en la sutil diferencia entre éxtasis y agonía.
El calor era ya insoportable tanto como el placer. ¿Se puede sentir tanto? ¿puede estallar un cuerpo? ¿puede desbordar un corazón? ¿el cuerpo puede escaparse de la mente de esta manera? ¿hay algo después de esto?
Las preguntan no alcanzan, las respuestas no explican el placer.
Te doy
•Septiembre 9, 2008 • 1 comentarioTe doy…
mis segundos, mis minutos, mis horas,
mis días, mis semanas, mis meses,
mis años, mis siglos, mis vidas.
Te doy…
mis pensamientos, mis sueños, mis imaginaciones,
mis esperas, mi ansiedad, mi sosiego,
mis ojos cerrados, mis palabras propias, mis palabras ajenas.
Te doy…
mis manos, mi cuerpo, mi piel,
mis lagrimas, mis jugos, mi escencia,
mis latidos, mi aliento, mi alma desarmada en suspiros.
El dolor, el amor y la nada
•Septiembre 7, 2008 • 2 comentariosWilliam Faulkner decía: “entre el dolor y la nada, me quedo con el dolor”. Sin llegar a ser un masoquista siempre estuve del lado de esta definición.
Pero qué es lo que duele. La lista puede llegar a ser interminable. Sin embargo, a medida que avanzo me doy cuenta como el dolor, muchas veces, muta en desilusión, decepción, desengaño, desencanto, desesperanza. Y qué otra cosa es esto sino la nada.
En la adaptación cinematográfica de la novela de Michael Ende “La Historia Sin Fin” que se estrenó en 1984. Bastian, un chico maltratado por sus compañeros de colegio llega a la librería del señor Koreander. En este lugar se apodera de un libro llamado “La Historia Sin Fin”. Pronto Bastian queda cautivado con la historia, que se desarrolla en un mundo mágico llamado Fantasía que está a punto de ser devastado por la Nada. Por este motivo, La Emperatriz Infantil decide enviar a un pequeño guerrero llamado Atreyu que a lomos de su fiel caballo Artrax tratará de salvar al reino de su terrible destino. Finalmente, el propio Bastian también colaborará en salvar Fantasía.
Recuerdo haber sido defenstrado por mis amigos por haber ido a ver la película, sin embargo, lo que rescato definitivamente es luchar contra la nada. Ésta, como un implacable agujero negro, se devoraba todo a su paso. Todavía lo pienso y siento escalofrio. Pánico a que la nada se lleve todo.
Debe ser por eso que apuesto a sentir. A sentirme bien, seguro, pero ante el panorama desolador que plantea la nada, no desprecio al dolor.
Es fácil, muy fácil caer en la categortización de las cosas que nos duelen.
Las ausencias. Las ausencias duelen. El abandono, la carencia, el alejamiento. En definitiva, lo que duele, lo que duele y mucho es el vacío.
La incertidumbre, la inseguridad, el desasosiego, también duelen.
Escuchaba la otra noche a Alejandro Dolina reflexionando sobre el amor y la seguridad. El Negro decía que el amor es siempre incerteza, inseguridad. “Para que exista el amor –explicaba- debe existir en gran medida la incertidumbre, la inestabilidad. Entonces hay quienes apelan a seguros artificiales. El crédito juntos, el departamento juntos, los muebles juntos. Y cuando el amor naufraga, lo hace con el crédito, el departamento, los muebles, lo termina de transformar la targedia en un gran circo inutil”. A lo que agrego: o lo que es aún peor el amor se convierte en una sociedad anónima.
Adhiero también este concepto, lo apoyo y firmo abajo con número de DNI y aclaración.
De esta manera se revela ante mi que lo duele es el amor. La dulce condena como diría Andrés.
Sin ánimo de convertir estas reflexiones en un teorema, no quedan muchas dudas de que el enemigo es la nada, y lo que la vence el amor.
En definitiva no creo que despojarse del dolor sea una respuesta, ni siquiera una alternativa.
Ese dolor sólo tiene valer la pena; y entonces no tendrá diferencia con el amor.
Y así, sencillamente habremos vencido a la nada.
Ansiedad o el presente líquido
•Septiembre 7, 2008 • 1 comentarioEn una de sus películas -una chiquita- Woody Allen hace el papel del mago Splendini; allí le dice a la linda de Scarlet Johanson que la única actividad aeróbica que a hecho en los últimos tiempos es la ansiedad.
Me acordaba de eso mientras meditaba sobre mi constante estado de ansiedad. Soy muy ansioso, si.
Me cuesta incluso sentarme a escribir, la silla me queda chica y me levanto a cada rato a buscar un durazno como diría Mario Mactas.
He llegado al colmo de la locura de leer un libro mientras camino por la calle, con el consiguiente riesgo de ser atropellado o de no poder esquivar a un desagradable y tener qque saludaarlo, que creo es mucho peor.
No me dura el líquido en los vasos, como apurado y casi sin masticar, me cuesta muchísimo controlar a la puta ansiedad y se me nota, lo que a veces se convierte en un problema.
La sensación es la de un presente eterno, líquido. Como el interior de una piscina donde no alcanzan a ser del todo nítido, del todo real, el sonido ni la luz.
“Estoy en el fondo del mar”, es la frase de cabecera –al menos lo era cuando tenía más trato y me atendía el teléfono- de uno de los tipos más ansioso que conocí en vida. Con un culto al Rivotril, al clonazepam y al alplazolam el loco va por la vida a distinta velocidad que el resto del mundo y siempre –según sus propias palabras “en el fondo del mar”. La ansiedad indomable, solo sosegada por química.
Hoy recordaba la frase. Me imaginé en un presente líquido, denso, interminable. Con un pasado inmediato que no alcanza a serlo y un futuro inexistente. Y me di cuenta que no imaginaba, así son los días.
Muchas veces me tomé un poco chiste mi ansiedad y obvio la ajena, pero cada vez pesa más. No si son los resultados esquivos o la brújula de Jack que sigue sin querer mostrarme el norte, pero esta ansiedad, la de ahora, la de esta noche, la de este frio mediodía –¿ya pasó el fin de semana?-, pesa y duele.
La siento en el pecho, en la espalda, sobre los hombros.
Es terrible la sensación de no poder quedarme quieto, no poder concentrarme. Un hamster dando vueltas en la puta ruedita dentro la puta pecera.
Daría lo que sea por parar.
Son contados los momentos en los que esa sensación desaparece. Uno de ellos es cuando llegás. Los minutos previos son una tortura en Guantánamo pero pasás la puerta y el reloj empieza a funcionar.
Es raro porque es como que el tiempo no pasara, pero al mismo tiempo el presente líquido y difuso se hace real, se hace de verdad, y el tiempo ocurre y transcurre.
El líquido se hace aire y por un rato no hay ansiedad. Quedo suspendido sin tocar el suelo, sin tocar la cama.
Sólo ahí no hay ansiedad.
La Dama y el vagabundo
•Agosto 23, 2008 • 1 comentario
El tipo dice que es músico. Un artista callejero. Dicen algunos mitos urbanos que artistas callejeros que tocan algún instrumento en el Metro de Paris o en la Via dei Condotti de Roma se han hecho “multimillonarios”, merced a monedas que reciben de los turistas o transeúntes.
Pero el tipo esta lejos de hacerse multimillonario. Tiene un tacho de pintura color amarillo y un par de maderas que hacen la veces de palillos. Su aspecto es un tanto descuidado, sus ropaas viejas y rotas, su barba y cabello desprolijo y un poco mugriento, para negarlo.
Con su tacho y sus palitos deleita (¿deleita?), a los caminantes de calle 8 frente a una importante casa de electrodomésticos.
TOC, TUC, TOC, TUC, TUC, más o menos así suena (apelo un poco a su imaginación).
Ella es una señora mayor. Rubia, elegante, con bonitos ojos que habla de una juventud con ciertos esplendor. Zapatos color cobre, pantalon negro, abrigo al tono y un legante sombrero.
La dama detiene su paso frente al artista callejero. Toma coraje y lo increpa.
-señor, esta haciendo ruido. Molesta a la gente.
El vagabundo, ni se inmuta. TOC, TUC, TOC, TUC, TUC, continua.
-SEÑOR –levanta el tono de voz-, esta haciendo ruido. Esto no es una cancha de futbol.
El tipo esta vez la mira pero sigue: TOC, TUC, TOC, TUC, TUC.
La mujer se ofusca y grita a viva voz que no es una cancha de futbol que molesta con su ruido a la gente y lo increpa a que “deje de molestar”.
El hombre detiene su golpeteo la mira fijo y le dice:
-soy músico.
Esto enoja más a la mujer que encolerizada empieza a perder la elegancia.
Otra señora que pasa por ahí, mete la mano en su cartera saca una moneda y se la da al improvisado artista, apurando el desenlace del incidente.
El “músico” abre su mano y orgulloso, triunfal muestra la de 25 centavos con una socarrona sorisa y remata:
-vez, soy un artista.
Lenguaje
•Junio 26, 2008 • 1 comentarioLlegó envuelta en un capullo azul brillante. Otra vez me invadió la idea de inventar un idioma nuevo, diferente, más rico que me permita describirla.
Qué palabra supera a “belleza”, cuál es más explícita que “dulce”. Cómo se dice mejor “ternura”, qué sucesión de signos y símbolos declara mejor “me volves loco” o “me encantas”.
La pobreza del lenguaje es incapaz de expresar las emociones que se agolpan en el pecho, que se ahogan por salir en la graganta.
Como se describe la luz. Como se manifiesta con palabras la energía en la sangre que recorre el cuerpo en cada beso.
De que manera se ilustra la sensación de paz que transmite su respiración suave y tibia. Cómo se enuncia la dulzura de sus labios y la gloriosa humedad de su calor.
Sera un lenguaje de gestos? Tal vez. De acciones concretas? Probablemente. Quizas sea exteriorizado en intensidad de besos y abrazos. Evidenciado en miradas profundas. Plasmado en suspiros que desgarran sutilmente el alma.
No lo se. Sigo buscando la forma de hablar con su corazón.
ROLLIS BARAAC
Circe
•Junio 13, 2008 • Dejar un comentarioQué vientos me trajeron a tus playas, que corrientes arrastraron mi embarcación hasta Ea.
Qué poder, qué imán me arrastró hasta quedar completa y placenteramente bajo tu dominio.
Desde la lejania era evidente el poder de tu hechizo, de tu encanto, tu atractivo y tu seducción.
Qué produjo en mi este embeleso, esta fascinación; o Circe , dulce y poderoza hechicera.
Así pensaba mientra duraba sus espasmos sobre su fragil anatomia.
Luego nunca más pudo salir del hechizo.
Rollis Baraac
(Perdón Homero, Perdón Cortazar)
Me llevaría…
•Junio 12, 2008 • Dejar un comentario…la había deseado tanto que ya no tenía otra cosa que decirle que no fuera su felicidad…
Osvaldo Soriano
-Si en este momento tuviese que irme al cielo, sin tiempo de empacar, ni de despedirme me llevaría solo algunas cosas que me permitan justificar mi paso por el mundo. Le dijo.
Ella aún se estremecía debajo de su cuerpo y la transpiración de ambos se mezclaba cerca de la comarca de sus vientres. Abrió los ojos muy grandes como lo hacía cada vez que se maravillaba o contaba algo que la conmovía.
-¿Qué te llevarías? Preguntó.
-Me llevaría el sabor de la comisura húmeda de tus labios.
-Me llevaría tu olor
-Me llevaría tus gemidos y tus ay…a.
-Me llevaría tu voz ronca.
-Me llevaría un millar de besos tuyos.
Cada frase estaba acompañada de un beso en su frente, o en su rostro o en su cuello. Que era recompensado por un suspiro.
Recordó una frase muy dulce que su abuela le había dicho de muy pequeño. “un suspiro es un pedacito de alma que se te escapa del cuerpo”. Creyó ver como escapan de sus labios las chispitas de alma, como luciérnagas esquivas.
-Me llevaría la sensación del peso de tu cuerpo sobre el mío
-Me llevaría nuestras piernas entrelazadas.
-Me llevaría tus uñas aferradas a mi espalda.
-Me llevaría tu respiración entre cortada.
-Me llevaría tus latidos golpeando en mi pecho.
No pudo pensar más, el beso de ella llegó tan adentro que sintió una descarga de electricidad que le cambió el ritmo del corazón.
-Tus besos son una de las cosas que mas me gustan de vos. Dijo ella como si estuviese leyéndole la mente.
Siempre se sintió cercano, conectado, próximo. Pero la vecindad de sus cuerpos, la yuxtaposición de sus miembros y la ausencia de límites entre sus dermis, daban un marco de romanticismo, pasión, concupiscencia, voluptuosidad y lascivia sensualidad al momento.
Finalmente pudo respirar para acertar una última frase antes de perderse una vez más en su cuerpo.
-Por ultimo me llevaría tu amor para justificar en el cielo mi paso por este mundo.
Se perdieron una vez más uno dentro del otro y empezaron a escribir otro capítulo.
ROLLIS BARAAC
Solo con verla
•Mayo 30, 2008 • 2 comentarios
Cinco minutos, cinco horas, cinco años, cinco vidas. Pensaba mientras el frió trepaba por su ventana como una bestia infernal que venía de devorarlo.
Cinco minutos, cinco horas, cinco años, cinco vidas. Se decía, y aferraba sus heladas manos a una taza de té.
Qué puede pasar en cinco minutos, se preguntaba. Cinco minutos en el infierno bastarían para desgarrar el alma hasta hacerla irrecuperable, para ver el dolor y la atrocidad, para experimentar la humillación y la indignidad.
Cinco minutos en el infierno bastarían para pensar ya que no es necesario volver.
Cinco minutos en el infierno serian suficientes para ser parte de él, el resto de la eternidad. Esos cinco minutos harían trizas las nociones de horas, días, vidas.
Con solo cinco minutos.
El frió no se pasa.
- Mejor -Se dice-, lejos del infierno.
La bestia infernal acecha desde el vidrio, en el balcón. Sabe que no hay refugio eterno.
Cinco minutos, piensa. Qué puede pasar en cinco minutos. Cinco minutos en el cielo pueden cambiar el alma. Pueden hacerla grande y noble. Cinco minutos en el cielo pueden hacerla tangible, visible. Cinco minutos en el cielo bastarían para experimentar la paz, el placer y el amor.
Cinco minutos en el cielo bastarían para pensar –libre de todo egoísmo- que es necesario volver para contar, informar e incentivar. Cinco minutos en el cielo nos harían tan generosos que querríamos que todo el mundo lo alcance.
Solo cinco minutos.
El frió sigue al acecho. Cuando cae en la cuenta que hace cinco minutos que no piensa en ella. Lo invade un sentimiento de culpa, hasta que cae en la cuenta que al pensar en el cielo pensaba ella. Al pensar en el infierno, pensaba en su ausencia.
Se dejó una vez más acariciar por su recuerdo, por la memoria de su voz. De pronto sintió su olor y se encandiló con su brillo.
De pronto la volvió a sentir ahí, presente, tangible, visible.
Recordó cada uno de los cinco minutos. Y recordó cada suma de cinco más cinco más cinco.
Pensó que bastaría solo con verla. Pensó que era un sol por el que quemaría sus días toda la vida.
ROLLIS BARAAC
