Un arquero inconcluso

Miguel_Angel_Santoro

El Gordo salió confiado, pero el viento o la astucia del shoteador le jugaron una mala pasada. La pelota se abre y le queda servida al 7 de ellos que no era muy grande, pero en dos pisadas en la mitad de la cancha había demostrado que no boludeaba.

Le pudo dar de aire, sin embargo prefirió asegurar y engancho con la zurda. El gordo se sintió perdido. Un paso atrás no le servía de nada, y ya no tenía 20 años para salir al encuentro del pendejo que se había perfilado para cantar el uno a cero.

Lo miró fijo y en el momento que el pibe levantó la vista para ubicar la pelota donde quería, se encontró con la mirada firme y segura del Gordo. No se asustó pero su pisada en el pasto no fue la misma. Decidió en ese momento que no iba a colocar la pelota y sacó un latigazo que paralizó el tiempo por una fracción de segundo. Lo único que se escuchó fue el chirlo de la pelota contra las manos del Gordo que las ponía juntas cerca el pecho, cubriendo el tiro con el cuerpo como dice el manual.

El rebote le quedó al Ruso que no lo dudó y sacó la pelota de la cancha de un puntazo que obligó suspender el partido por 5 minutos mientras la buscaron en unos matorrales espesos donde se podía haber perdido Tarzán. El Gordo se miró las manos, las tenía coloradas, le ardían. Unos guantes no hubieran estado mal, pensó.

Mientras Nico corría a saltar el alambre para recuperar la pelota, el Gordo se quedó parado en el borde del área chica mirándose las manos y por un momento se vio con 10 o 12 años en la canchita auxiliar de Gimnasia y Esgrima en Tandil o con el buzo rojo raído de San Martín de Viedma, donde empezó a jugar cuando se mudó Patagones, como en un sueño los escenario se confundían, pero igual que en un sueño, tampoco eran importantes.  Recordó los partidos contra Sol de Mayo, el Ciclón, Jorge Newbery, San Lorenzo de Barrio Lindo…

Así, se sintió transportado a ese verano espeso de 1985 cuando a los15 años y un amigo de la familia había conseguido que lo prueben en un club de primera en Buenos Aires. Sintió el calor y la humedad en su cuerpo, pese a otoño frío, ventoso e inclemente de la Patagonia, sintió la soledad de la pensión de la avenida Mitre, sintió la sobrecogedora presencia de la Doble Visera donde Bochini, Perci Rojas, Trossero, Villaverde y Grillo entre otros cracks habían llevado delante varias hazañas que hoy ilustran colecciones del Gráfico y la Goles.

Sintió inclusive el orgullo de ser uno de los tres –solo tres-  arqueros que quedaron después de las durísimas pruebas y sintió los nervios de esa mañana en que iba conocer al entrenador de arqueros del club.

Con el tiempo detenido a su alrededor, el Gordo se vió en la pensión preparando el bolso, las vendas, los botines, el buzo. Estaba listo para que se le cumpla el sueño, sentía vivo el recuerdo del momento en que pensó en Patagones, en los amigos, en Tandil, en la vieja, en lo orgulloso que se estaría sintiendo el padre de saberlo ahí por más que era fanático enfermo de San Lorenzo de Almagro.

Como en una película se veía  en el vestuario donde se había cambiado Bertoni,  Burruchaga,  Rolan ; Lacasia entre otros personajes de fábula. Sacó el pantalón, camiseta, buzo, medias, vendas, botines… Miró de nuevo dentro del bolso y pasó lista: pantalón, camiseta, buzo, medias, vendas, botines… No había guantes.

Un flashback  lo lleva a dar un vistazo de la habitación de la pensión y los ve ahí muy campantes, cagándose de risa en la cama junto a la almohada. Empezó a transpirar copiosamente, el sudor frió le corría por las manos y ya no había ni tiempo ni a quien pedirle ayuda.

Se terminó de cambiar y ahí salió: un arquero inacabado, inconcluso.

El tipo no era muy alto, pero tenía una figura imponente. Un pantalón azul, un buzo blanco impecable con un escudo rojo que de C.A.I y una gorra gris topo con el mismo emblema que el buzo. Caminó a paso firme mirando a todos en un paneo amplio pero preciso y se presentó: -para los que no me conocen soy Miguel Ángel Santoro, entreno a los arqueros del club

Ahí estaba Pepé con la sobriedad y la extraordinaria seguridad con la que había cuidado durante años los tres palos del Rojo. Después de las presentaciones de rigor y una breve charla introductoria iba a empezar el entrenamiento. El Gordo temblaba por dentro, no tenía miedo de atajar, no lo asustaban los arcos ni los pateadores, imaginaba el papelón, por aquello que se había dejado en la cama de la pensión. Se resignó y parado en exacto medio del arco esperó estoico su destino.

Ricardo Pavoni que ostentaba su característico espeso bigote negro acomodó la pelota y dio un par de pasos hacia atrás. El silencio al gordo se le hacía interminable y no quería mirar la cara del entrenador de arqueros ni siquiera para ver si le daba alguna indicación.

El silencio que parecía eterno se rasgó con una risotada estruendosa

-jajaja!! mira Chivo, -dijo Pepé- este es de los míos, no usa guantes.
Al Gordo le volvió el alma al cuerpo. Atajó como nunca esa mañana, tanto es así que hasta que no terminó el entrenamiento no se dio cuenta de cómo le habían quedado las manos de tapar los tiros con los que el Chivo Pavoni, lo había fusilado toda la jornada.
-Gordo!!  Mauri!!, pelotudo!!! despertate que están sacado- le dijo el Ruso cuando lo trajo de vuelta.

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Safo

Igual parece a los eternos Dioses

quien logra verse frente a ti sentado.

¡Feliz si goza tu palabra suave,

Suave tu risa!

A mí en el pecho el corazón se oprime

Sólo en mirarte; ni la voz acierta

De mi garganta a prorrumpir, y rota

Calla la lengua…

Claudia se sienta en el bar, pide un te, saca un cuaderno de tapas dura y muchos clores y se pone a escribir. Lo de hace de manera frenética, ardorosa, exaltada, como si estuviera en trance. Escribe poesía, cuenta un mundo onírico, maravilloso, extraordinario, lleno de imágenes. Escribe poesía como si la viviese, como si pudiera transitar por caminos amarillos y rojos que alternan flores y espinas. Claudia escribe para vivir.

Pasa horas en el bar escribiendo, se le escapa el almuerzo, a veces la merienda y la cena. El bar en el que Claudia se sienta a viajar es un lugar viejo, una confitería de las de antes, con mozos uniformados con chaquetas blancas, pantalones grises y zapatos acharolados negros en los que se reflejan las luces del techo.

Las mesas no tienen mantel, son redondas y las rodean tres o cuatro sillas. En inviernos como éste, los vidrios se empañan por el vapor de la cafetera y murmullos de la gente. Ahí Claudia escribe frenética, ardorosa, exaltadamente.

Escribe poesía para vivir, para olvidar, para poder seguir. Claudia ama, ama profunda, voluptuosa y sensualmente a Pizarnik y Gastón. Con ambos haría el amor, con ambos viviría y con ambos perecería.

Las amigas, las pocas que tiene, le aseguran que el amor por Pizarnik, por sus letras, por sus palabras, por sus poesías es más sano que por el hijo de puta de Gastón.

Claudia les dice que el no es así, que ellas no entienden. Sus mundos son diferentes y él hace lo que puede con eso. Ella no encaja en su familia, en su mundo, en su vida y él, hace lo que pude con eso.

Gastón es un HIJO DE PUTA, insisten, se aprovecha de la incondicionalidad de Claudia, y un amor sin condiciones no es un amor.

Claudia ve a Gastón una o dos veces por semana, se ven casi en secreto. Así se preserva la intimidad dice él. Nunca los fines de semana, ni sábados, ni domingos ni feriados. Esos días juega al rugby o está con sus amigos o está en la quinta con la familia. Allí lo pasa con tíos, primos y amigos a los que cuando esta con Claudia critica y parece detestar. Pero es su mundo, su vida. En fin, su burbuja.

La vida de Claudia es maravillosa de a ratos. Cuando escribe poesía, cuando lee a Pizarnik y cuando hace el amor con Gastón. Son las tres formas que tiene de espiar a la felicidad por una ventana. Claudia siente que en esos momentos corre la cortina y pude ver el universo en el que los demás son felices. Entonces escribe, y en poesías narra la felicidad como si fuera suya. Pero su poesía es eso, solo una ventana por donde espiar la felicidad de otros.

Claudia es muy linda, y escribe muy bien. Monta su bicicleta y toma por la calle de la Leucadia hasta llegar al barranco, saca su cuaderno de tapas duras y muchos colores y trata de escribir. Hoy no puede, la ventana está cerrada y la cortina pesa más que nunca. El viento helado le acaricia el rostro y se lleva las lagrimas. Claudia mira las olas marrones que golpean bajo el promontorio. Y sin pena, ni dolor ni alma salta hacia su antídoto para desinfectarse de su amor.

…Fuego sutil dentro de mi cuerpo todo

Presto discurre; los inciertos ojos

Vagan sin rumbo; los oídos hacen

Ronco zumbido.

Cúbrome toda de sudor helado;

Pálida quedo cual marchita yerba;

Y ya sin fuerzas, sin aliento, inerte,

Muerta parezco

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Aral

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La mirada opaca se perdió en el horizonte, la vieja se limpió las manos en la ropa haciendo crujir los pliegues de la lana y las arrugas de las manos. Todo era mustio y reseco, crujía como papel contra papel. Miró a lo lejos, a esa superficie de arena y piedras que había sido un mar. El sol quemaba, secaba como un horno desapegado y lento.
Los viejos cascos de barcazas y chalupas permanecían inertes, fuera de contexto, en esa superficie árida. Las viejas redes colgaban como fetiches frente a las miserable viviendas, como amuletos de mala suerte.
Los hombres de la aldea habían sido pescadores por siglos. Ahora, al menos un par de generaciones no conocía el mar. Una mañana uno de los pescadores más viejos se preguntó porque había tenido que arrastrar el bote unos metros más que de costumbre. El detalle fue menor, tan menor que nadie más reparó.
Unos días después, una niña despertó perturbada de una pesadilla, en el sueño salía de su casa frente al mar y olas de espuma rodaban por la superficie, eran como nubes que se deslizaban a la ras del piso. Al principio era todo sonrisas hasta que el viento se llevaba las formaciones de espuma y debajo solo había sal. Los peces morían ante su vista secándose en la sal como si se cocinasen. Lo último que se secaban eran sus ojos que la miraban fijamente hasta apagarse. La imagen le producía una enorme angustia y quería llorar, pero al intentarlo sus lagrimas se había secado. Gotas ásperas y filosas de sal asomaban de sus lagrimales desgarrándolos y la sangre era tan espesa que tampoco corría.
Contó la pesadilla a su familia, que en un principio no vio en ella la premonición, solo su abuelo se quedó pensando y luego de tranquilizarla la interrogó sutilmente sobre algunos detalles.
El viejo creía recordar un cuento que narraban las mujeres de su familia mientras salaban los pescados, algunos decían que era una leyenda. La historia daba cuenta de una maldición que había caído sobre un grupo de pescadores. Las mujeres contaban que una mañana brumosa un grupo de marinos había accedido a un banco de peces muy grande que los había tenido ocupados toda la mañana, no era pesca era una cosecha. Solo tiraban las redes y las recogían llenas sin mayor esfuerzo, casi no quedaba lugar donde poner más pescados. Festejaban y se vanagloriaban de su trabajo. Mientras reían y se abrazaban uno de ellos vio que por estribor se asomaba una cabellera rubia. Pensó que uno de sus compañeros se había caído al mar y se alarmó. Corrió hasta el borde para asomarse y para asombrarse. Una mujer, bellísima mujer lo observaba mientras nadaba a gran velocidad junto a la embarcación. Se desplazaba con gráciles movimientos y desaparecía de la superficie sumergiéndose. El reflejo del sol, ya no había bruma, se confundía con los dorados cabellos. Cuando se recuperó de la sorpresa, el marino, llamó a sus compañeros que quedaron, igual que él, estupefactos. Algunos se asomaron y estiraron infructuosamente sus brazos para tratar de tocarla. De pronto el viento se detuvo bruscamente y la pequeña nave se deslizó unos pocos metros más por la inercia. El asombro se convirtió en conmoción y miedo.
La figura femenina subió al bote sin utilizar las manos, casi como si volase, y desnuda frente a los hombres inmóviles los increpó en una lengua desconocida, se miraron sin comprender, se reverenciaron frente a ella pero parecía no complacerse ni cesar en su reclamo. Ofrecieron sus redes, sus cuchillos, sus amuletos, pero nada conmovía a la deidad.
Solo uno de ellos reconoció el antiguo dialecto y pudo interpretarla. Sin descubrir la razón de su enojo supo si, que los maldecía. La rubia divinidad los condenaba a vivir en un mar sin agua. En poco tiempo el mar se iría secando dejando lugar solo a las piedras, la arena y la sal.
En un movimiento instantáneo y repentino volvió al mar y desapreció.
Los hombres volvieron a la costa silenciosos y parcos. Llegaron a sus hogares y no mencionaron el incidente. La enorme producción de peces se pudrió en las bodegas y al otro día ya no salieron al mar. Solo un par permanecieron en la aldea, el resto tomo sus cosas y sus familias y se alejó son dejar rastros ni explicaciones.
Desde ese día, aseguraban las mujeres de la aldea, el mar había empezado a retirarse lenta pero inexorablemente. El viejo le contó a la niña la historia y esta empezó a llorar esta vez con lagrimas que si corrían por sus mejillas.
De aldea de pescadores solo quedaba unas pocas casas, unos cuantos esqueletos de embarcaciones y esas redes como retazos de piel que colgaban de algunos techos y postes.
El mar se había ido; y con él la vida. Se había retirado lentamente dejando la orilla cada vez más lejos. Se había ido alejando de la aldea y de sus pobladores como la prosperidad, la ventura y la fortuna. De la misma forma que la felicidad se va alejando de nuestras vidas hasta convertirse en un recuerdo lejano, en una añoranza de juventud. Y menos que un recuerdo persiste en nosotros como el eco de un sueño.
Las pocas casas mustias y el muelle estéril e incompetente escenificaban la trama de la ausencia, de la nada que había ganado una vez más. La vieja de piel seca y manos ajadas que miraba al horizonte no contaba entre sus sueños, si había tenido alguno, a la felicidad. La mirada apagada, sin brillo que se perdía en el confín de ese desierto que fue mar. La aldea y los pocos espectros que aun vivían en ella eran los trofeos que la nada conservaba. La vieja ya no intentaba llorar, solo recordaba las gotas de sal ásperas y filosas que habían asomado de sus lagrimales desgarrándolos, dejando escapar la sangre que de espesa tampoco corría.

Discurso de la verdad

extasis/agonia Weblog

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Se asomó por un costado, corrió el pesado telón y espió. El salón estaba lleno, las dos primeras filas estaban destinadas a la prensa y el público estaba compuesto por personas y personajes de todos los estratos. El discurso iba a poner las cosas en su lugar. Iba a ser revelador. Pondría blanco sobre negro. Todo el mundo iba a enterarse. En un mundo de imposturas y mentiras, todo cambia, todo es diferente frente a una verdad.

Hacia mucho que no usaba el traje azul.
-es como si te pusieras un pedazo de noche. Solía decirle ella cuando eran felices y lo ayudaba a ajustarse el nudo de la corbata. El, como un gesto paz solía entregarle algunas banderas. Le permitía elegir la camisa, la corbata y el perfume. Como una última claudicación le entregaba los últimos detalles: ajustar el nudo; peinar con la mano el flequillo, sacar la pelusa…

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Discurso de la verdad

20140318-203308.jpg
Se asomó por un costado, corrió el pesado telón y espió. El salón estaba lleno, las dos primeras filas estaban destinadas a la prensa y el público estaba compuesto por personas y personajes de todos los estratos. El discurso iba a poner las cosas en su lugar. Iba a ser revelador. Pondría blanco sobre negro. Todo el mundo iba a enterarse. En un mundo de imposturas y mentiras, todo cambia, todo es diferente frente a una verdad.

Hacia mucho que no usaba el traje azul.
-es como si te pusieras un pedazo de noche. Solía decirle ella cuando eran felices y lo ayudaba a ajustarse el nudo de la corbata. El, como un gesto de concesión solía entregarle algunas banderas. Le permitía elegir la camisa, la corbata y el perfume. Como una última claudicación le entregaba los últimos detalles: ajustar el nudo; peinar con la mano el flequillo, sacar la pelusa del traje. Como un chico al que mamá le da los últimos “toques” antes de salir para la escuela.
Ese tiempo, en el que fueron felices, el dejaba descansar en ella todos los detalles: de su aspecto, de su casa, de su vida. Detalles que de alguna forma lo ataban a la tiranía de su mirada. Ella se sentía autoritarita, despótica y fundamental en su vida.
El le entregaba sus banderas, sus armas y a veces su orgullo. No parecía importarle. Una dulce claudicación que mantenía la paz y una frágil felicidad.

No necesitaba leer el discurso, lo sabía de memoria y conocía sus consecuencias como si ya hubiesen ocurrido. El murmullo lejos de impacientarlo lo relajaba. “La verdad os hará libres”. Recordó palabras de una biblia que nunca había leído. La historia de los hombres es la historia de cada hombre. La verdad cambiaría la historia de ese día, de esos días. Solo él no tenía miedo a la verdad, a esa verdad. El murmullo de sala hablaba del miedo a conocerla.

El traje azul, la camisa celeste y la corbata roja era una formula infalible. Le daba confianza y seguridad. El resto del mundo lo veía: confiable y seguro.
-estas lindo. Le decía ella y lo ponía varios escalones arriba. Tenia la capacidad de llenarlo de seguridad, de convertirlo en un gladiador, sin embargo también podía sumirlo en un oscuro pasillo de dudas. Pero como todo eso ocurría mientras eran felices no importaba. Ni lo uno ni lo otro. Ella se movía por la casa como un colibrí, no paraba de agitar sus alas y llevaba su aroma por todos los rincones. El, como un testigo privilegiado, esperaba que ella se pose en su persona al menos por una fracción de segundo. Como un colibrí. Solo podía haber paz y una frágil felicidad.

No había vuelto a repasar el discurso desde la noche anterior. Sabía cada palabra, cada pausa, cada silencio. No le emocionaba lo que iba a ocurrir. No le despertaba ambición ni ansiedad. La verdad, es solo eso, una verdad. Y el hecho de que cambie el mundo, ese mundo, no le imprimía a su verdad carácter épico.

“Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él:
Si vosotros permaneciereis en mi palabra,
seréis verdaderamente mis discípulos;
y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.”

Dos mil años después el hombre es tan miserable como entonces. La verdad, la épica de la verdad no ha mejorado el alma de los hombres. Muchas verdades habían cambiado la historia. Pero no el corazón humano.

Pensó que no era necesario que ella estuviese ahí, como cuando eran felices. No necesitaba seguridad ni confianza. Pensó que tampoco era necesario ser feliz. Cuando eran felices ella cambiaba su mundo, su historia cotidiana. Ella ordenaba y clasificaba todos los detalles. Su tiranía y su intransigencia eran el dique de contención de esas molestas emociones y dejaban a resguardo y buen cuidado la frágil felicidad. Su mirada bastaba.

No era el primer discurso que iba a decir. No era la primera vez que ponía a prueba su carácter y determinación frente a un publico bullicioso y un poco cruel. Era si, la primera vez que diría una verdad. Una verdad.
Solo tenía esa verdad para entregar. Para dar. Dar y esperar que la historia, esa historia cambie para siempre. Cambiar. Ni mejorar ni empeorar. Solo cambiar.

Nadie necesita la verdad para ser feliz. Cuando eran felices no necesitaba la verdad. En realidad no importaba ser feliz mas allá de la verdad. No es que vivieran en una mentira es que la verdad es frágil, como su felicidad. La verdad es inocua a los efectos de ser feliz. Cuando eran felices dependían exclusivamente del orden que ella imponía. Orden igual felicidad. Bajo su mirada el salía a la vida: prolijo, impecable, elegante, perfecto. Para qué quería la verdad. El mundo necesita seres inmaculados, impolutos, intachables. No necesita la verdad.

No había nervios, no había ansiedad, no había zozobra, ni angustia. Después de todos solo diría una verdad que lo cambiaría todo. Pero como todo el mundo sabe cuando todo cambia nada cambia.

Un solo milagro

-Estas en pedo. -Me dijo Juan apoyado con ambas manos en mi escritorio desordenado- Irte en micro hasta allá! Son como 1000 km.

-927. Le respondí.

-Si payaso, como 10 horas de viaje contra una hora 20 de avión a Bahía Blanca y un par de horas más en auto hasta Viedma.

-Ya lo se pero prefiero ir en el colectivo. Voy pensando, leyendo… todavía no se de que carajo voy a escribir cuando llegue allá.

-No le tendrás miedo al avión?

-No boludo. Te acordás cuando nos mandaron a Bariloche en LADE porque era más barato? Los pilotos parecían Kamimikaze.

– Si, se tiraron en picada cuando llegaron al aeropuerto de Neuquén.

– Decíamos que querían terminar con el régimen del viejo Felipe Sapag bombardeando la capital provincial, jajajaja.

– que boludos! Jajaja

Llegué a casa, terminé de hacer el bolso y salí a la calle a buscar un taxi que me lleve a Retiro. Habitualmente estaba con el tiempo justo o menos, esta no era la excepción. La terminal era un enjambre, siempre  a esa hora es un enjambre. Gente que llega, gente que se va, gente que vende, gente que compra…Me subí al colectivo, era bastante bueno, pese a la mala predisposición de la gente de contabilidad que siempre se las arreglaba para que todo sea difícil, engorroso y lo más desagradable posible.  Un asiento individual y cerca del televisor; una bandeja con sándwich, alfajores y una cajita de jugo de naranja; la luces y el volumen de los auriculares funcionaban perfectamente… si no fueran por las casi 12 horas sería un viaje ideal.

Saque la libreta de anotaciones y la deje apoyada en mis piernas verificando previamente que la lapicera escribía bien. Enchufe los auriculares al sonido y me dispuse a cerrar los ojos y contemplar las imágenes que los recuerdos me traían. Todavía no estaba seguro que me había impulsado a pedir esta nota y este viaje engorroso. Cuando Esteban, el editor, me preguntó porque quería hacer una nota que para la revista era más bien menor, le dije que me emocionaba volver a la ciudad donde había vivido muchos años y donde había empezado mi carrera de periodista. Le mentí. La verdad, ya arriba del micro todavía no tenía idea que me había impulsado a pedir esa nota.

 

No era la primera vez que hablaba con ella. La veía siempre en el río con el novio o las amigas. Más con el novio que con las amigas. Todavía no había cumplido 18 años pero tenía la seguridad de una mujer. Además el novio debería tener mi edad en ese momento, unos 27 años, lo que hacía que ella, por el contexto y por su cuerpo exuberante pareciera mayor. A veces me saludaba y cruzábamos algunas frases hechas, lugares comunes, generalidades que, al menos para mi, ocultaban el flirteo. Una tarde me dijo que era bruja y que sabía tirar las cartas. Si me animaba a conocer el futuro ella me lo podía decir. Me lo dijo seria y formal lo que hacía la propuesta digna de confianza. Le respondí que me animaba a conocer mi futuro pero que no estaba seguro de querer que ella lo conociera. Dejó salir una carcajada tan sincera y cristalina que me hizo saber que estaba perdido.

Esa noche, como lo dijeron las cartas, nos vimos a la orilla del rio. Junto al viejo muelle Mihanovich había un casco de acero de una embarcación abandonada y junto a él un gran tronco que usamos de asiento. La noche era calurosa y milagrosamente  no había viento. La luna pintaba el río de plateado y se veía el parpadear de las luces de la otra orilla. Suaves olas golpeaban contra la costa y componían una monótona melodía. Soltó los breteles del vestido blanco que como un telón cayó a sus pies y dejó su cuerpo ataviado solo con el brillo de la luna. Sin palabras la contemplé y admiré por varios minutos. Acaricié sus hombros, corrí su largo cabello y recorrí los interminables centímetros que me separaban de su cuerpo en una eternidad de deseo.

 

Me había quedado dormido y reaccioné en la terminal de Liniers. Prendí la luz de lectura y empecé a tomar algunas notas. La reinauguración del viejo puente ferrocarretero iba a concitar la atención de los medios locales y de la región. Obviamente todo eso iba a llegar vía los cables de las agencias, Esteban pretendía que para la revista le llevase algo más original. Empezaba a pensar si era la persona adecuada para hacerlo. Me acordé de mi primera nota en el diario de Viedma y esa misma sensación. Decidí que iba a mandar un punteo de datos históricos para que Juan escriba una nota –tenía una pluma mas elegante y creativa que la mía- y yo me iba a concentrar en una historia de vida que venía pautando por teléfono con el hijo de uno de los inmigrantes obreros que habían llegado a la comarca a construir el puente allá por mil novecientos veintipico. Nicolás, así se llamaba, era ingeniero y le gustaban los detalles. No podía fallar. Me anoté algunas preguntas para hacer y me quede dormido.Imagen

 

Después de hacer el amor en silencio a la luz de la luna quise acompañarla a su casa. Me dijo que solo un par de cuadras, hasta las luces del centro y que desaparezca. Me pareció razonable, habida cuenta de que el novio estaría dando vueltas por ahí y no iba a ser fácil explicar de donde veníamos. Caminamos unas cuadras y cuando nos acercábamos a la plaza principal la empujé impetuosamente a una oscura entrada y la besé. Nos besamos un buen rato.

-Andáte. Me dijo.

Le robé un último beso y caminé otra vez en dirección al río. Me quedé un par de  horas sentado en el mismo lugar donde habíamos hecho el amor y comencé lentamente el camino a casa. Entré y me serví un whisky con jugo de durazno –en esa época era mi bebida favorita- y me quedé sentado en silencio sintiendo todavía en mis manos  el aroma de su cuerpo. No el perfume, sino su aroma que era bastante más significativo, sustancial y peligroso.Imagen

Mis amigos me pasaron a buscar para salir, recién ahí caí en la cuenta de que era viernes, pero ya había decidido que la noche había terminado para mi. Podía cruzármela con su novio y eso no se me presentaba como una buena imagen. Aduje dolor de cabeza y sueño. Y me fui a dormir con la fotografía mental de su cuerpo desnudo junto al río.

 

 

Unos kilómetros antes de llegar a Bahía Blanca ya estaba despierto, las primeras luces de la mañana me habían desvelado y había retomado la confección del posible cuestionario. Cuando entramos en la terminal pregunté a los choferes si tenía tiempo de tomar un café. Creo que a sabiendas de lo venenoso que es el café que se va hirviendo toda la noche en la cafetera del micro se apiadaron de mi y con un guiño cómplice me “autorizaron”. Compre el horrendo diario de Bahía Blanca, pedí el café y le pregunté al mozo cómo estaba la ciudad. Ensayó una venta de su lugar bastante entusiasta, entonces como premio sostuve la charla y le conté que había trabajado un tiempo ahí. No le hice referencia al nazi hijo de puta de Cruciani que poco más me manda a la policía a buscarme al hotel por hacerle preguntas “incomodas” al rector de la Universidad. Era la época cuando todavía creía un poco en el periodismo.

En eso estaba cuando mire por la ventana y vi que uno de los choferes me hacía seña de que ya nos íbamos, saludé al mozo le dejé recuerdos para las chicas de La Luna y corrí hasta el colectivo. Faltaban solo tres horas más.

 

Golpeó la puerta de casa. Salí poniéndome la remera y empezamos a caminar haciendo chistes y riéndonos de las cosas que decíamos.

-ya te tiré las cartas y te demostré que soy bruja, ahora vos contame una historia así me demostras que sos escritor. Me dijo.

-Conoces los lugares mágicos de Patagones? Le pregunté.

Y empecé a describir dos o tres lugares en los cuales “pasaban cosas mágicas”. Uno de esos era el paredón de la calle Biaggetti. Según mi historia las parejas que pasaban de la mano por ahí, jamás podían olvidarse.

-Lleváme.  Exigió.

Estábamos cerca, ahí todo era cerca. Cuando llegamos frente al paredón de adobe quise agarrarle la mano.

-Ni se te ocurra. Me dijo.

Fue así que me abalancé sobre ella y la besé.

-Y que le pasa a las parejas que se besan acá.

-No se. Hasta ahora nadie se había animado.

 

El colectivo no entró en Patagones, cruzó el río Negro por el puente Basilio Villarino y se dirigió la terminal de Viedma. Llegamos unos 8 o 9 pasajeros al final del camino. Salí a la calle, compré el diario –el mismo en que había trabajado 20 atrás- y tomé un taxi hasta el hotel. Me registré subí a la habitación y desde mi ventana podía ver el río y la mágica imagen de Patagones. Las lanchas cruzaban de una provincia a otra y en medio se veía pasar kayaks y todo tipo de embarcaciones que le daban al río mucho color y vida.

Hice unos llamados a los funcionarios de obras públicas de la provincia, de prensa del Gobernador  y a las autoridades del museo de Patagones. Pauté reuniones y me dispuse a conseguir un fotógrafo, si todavía quedaba alguno de mi época de cronista tendría la garantía de que eran verdaderos artistas. Salí a caminar y me metí en un bar de la costanera a tomar un café mirando al río. Recordé a los colegas y amigos y de hecho me crucé con algunos con los que intercambiamos saludos de rigor y nos mentimos que nos veríamos antes de mi regreso a Buenos Aires. Mientras tomaba el café llamé a los diarios y pedí hablar con las secciones de fotografía, esa fauna rara y misteriosa que habita las redacciones con el solo propósito de hacer más difícil el trabajo de los periodistas. Un par de viejos colegas me recomendaron un chico joven pero con mucha experiencia y con ojo entrenado para los detalles que seguramente iba a lograr lo que yo necesitaba. Se llamaba Alejandro y tenía un equipo Nikon que no le envidiaba nada a los presumidos fotógrafos de la revista. Acordamos una recorrida por el puente que si iba a inaugurar, un par de notas a funcionarios y a las autoridades del museo de Patagones, ciudad en la que pensaba quedarme a almorzar. Cuando me disponía a llamar un taxi me propuso que fuésemos en su auto, un Ford Ka gris que estaba bastante cuidado y limpio.

Las aburridas notas con los funcionarios fueron muy cortas gracias a mis intempestivas despedidas dejando a los tipos con ganas de hacerse autobombo. Llegamos a Patagones bajamos hasta el muelle en frente del cual se encuentra el museo y allí me demoré un par horas. Alejandro también se entusiasmó y saco miles de imágenes con las que bromeábamos sobre la posibilidad de hacer un libro.

Salimos del museo y lo despedí. Le informé que más tarde lo iba a llamar para coordinar la nota con Nicolás. Se fue y yo subí por la empinada calle de la Carlota buscando el centro y en él, un lugar donde almorzar.

 

Cuando nos vimos la última vez los dos sabíamos o al menos  presentíamos que era el final. Ella sabía lo que yo iba a pedirle y yo sabía cual iba a ser su respuesta.

-Te traje algo. Me dijo y sacó de su bolso un cuaderno de tapas rojas.

-Qué es esto.

-Abrilo, lee….

Había transcripto de puño y letra “El Principito” de Antoine de Saint-Exupéry, nunca más, en vida, recibí un regalo semejante, con tanto significado, con tanta carga emotiva ni con tanta magia. La bese e hicimos el amor en una calle desierta, ocultos entre unas plantas. Nos quedábamos en silencio reprimiendo la risa y el deseo cuando pasaba alguien por la calle, pero no podíamos parar.Imagen

Casi en lagrimas le pedí que se quede conmigo, que me elija a mi. Me miró y empezó a llorar. Parecía que sus lágrimas no iban de terminarse nunca y cada vez que intentaba hablar un sollozo como un puñal la dejaba muda. Solo pudo susurrar, tomando mi cara en sus manos y mirándome a los ojos: -No me hagas esto.

Nos abrazamos, nos besamos y lloramos los dos. Nos vestimos en silencio. Caminamos unas cuadras sin mirarnos y me dijo:

-Solo un milagro, no puede ser de otra manera.

Salió apurada casi corriendo y no la volví a ver. Tres días después renunciaba al diario y venía a Buenos Aires a buscar trabajo. La magia no había sido suficiente.  

Llegamos a la casa de Nicolas y su esposa nos llevo al patio donde nos esperaba con un mate recién preparado. Nos saludamos como si nos conociéramos de toda la vida y empezamos a hablar. Era extremadamente detallista y cada tanto tocaba el reporter como para asegurarse de que estaba funcionando. La historia comenzaba  en la provincia de Odesa en el sudoeste de Ucrania a orillas del río Prut que desemboca en el mítico Danubio, y cruzaba el mundo entero hasta llegar al río Negro en la Patagonia argentina. Nicolas se despachó no solo con la historia de los inmigrantes que construyeron el puente, sino con una semblanza de esa aldea globalizada a la fuerza por cientos de familias europeas que se mezclaban con los criollos y los indios. A la historia no le faltó acción ni tampoco romance. Nicolás revivía detalladamente cada momento de ese relato. Un hombre repite tantas veces su historia que termina convirtiéndose en ella.

Al final cuando las pilas del reporter se agotaban nos despedimos con un abrazo y antes de que me encamine a la puerta me dijo:

-Llegué acá por un milagro. Y ese milagro, después de tantos años, me mantiene felizmente “sometido” en Patagones.  

 Volví a Buenos Aires después de la inauguración del puente. Esteban estaba feliz con la historia y con las fotos que la ilustraban.

-Es para hacer una película. dijo.

Pasé por contaduría a rendir cuentas y fui rápidamente a mi casa. Busqué en la biblioteca, en los cajones y finalmente en una caja con fotos, cartas y carpetas inservibles encontré esa maravillosa versión de El Pricipito. Lo volví a leer esa misma noche y me dormí con la certeza de que había llegado tarde, muy tarde, al milagro que Patagones tenía reservado.

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#Amigos

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-vos decís que me va a dar bola Negro?

-Si papá, esta aburrida, sola y debe hacer como un año que no la pone.

-si, pero eso no quiere decir que la quiera poner conmigo, boludo.

-dejate de joder Turco, hace un año que andas detrás de esa mina y ya se dió cuenta hasta el ciego Lombardo que es más boludo que un camión de toros. Parate al lado y decile que la llevar a tomar algo o que la invitás al cine o que te la queres garchar. Pero dejá de dudar.

-no dudo Negro, me cago todo. Viste como en el cuento ese de Fontanarrosa que habla de la enzima de la boludez? Bueno eso me pasa. La veo a 30 metros y la saludo lo más bien, pero me pongo al lado y tartamudeo como Wado Depedro.

-A ver gil. La parás y le decís exactamente eso. Que cuando la ves te pones boludo, que no te salen las palabras… Eso garpa, ganas por el lado de la lástima. Nunca subestimes el poder la lástima.

-no quiero dar lástima Negro. Quiero quedar un poco mejor.

-no seas pelotudo Turco. Si no sos un ganador, no juegués al ganador. Jugá a lo que sos: al boludo. Ganá con tus armas. Las armas del boludo bien usadas son infalibles. Porque vos no te hacés el boludo, vos sos boludo.

-tenés razón. Le meto para adelante. Recordame el nombre de tu hermana.

Daniela, boludo, Daniela.

Insignificantes cataclismos

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Cuando le preguntaron por qué escribía no supo que decir. Nunca lo había pensado como un acto consciente, hijo de algún tipo de decisión. Era más bien un arrebato, un manotazo de ahogado, una finta de cintura para esquivar un jab de derecha en un ring improbable. Pero la pregunta de mierda le había hecho mella. Como un golpe directo había impactado en el cento de sus dudas. Por qué escribía? Había alguna razón? 

Pensó que haciendo un mínimo esfuerzo podía sacar a la luz alguna que otra excusa elegante y de esa forma hacerle creer al resto del mundo que era un escritor en ciernes. Pensó también llamarse a un prudente silencio y no revelar una vez más su total ausencia de talento. Y pensó por último que podía interrogarse profundamente y descubrir si alguna fuerza misteriosa lo llevaba a perderse durante horas frente a un monitor dandolé sentido a las historias que lo asaltaban en cualquier momento y bajo cualquier circunstancia. 

Por qué escribía? Se dio cuenta que la pregunta le había molestado más de lo que necesitaba. Quién quería meterse con esas cosas, escarbar en las heridas, desnudar carencias, debilidades y ausencias. Qué sentido tenía exponerlo de esa manera? Qué querían saber de él? Era una estrategia para descubrir los puntos vulnerables de sus defensas? Y que sentido tendría? No era tan importante como para representar un riesgo, para ser un objetivo. 

Por qué escribía? Seguía sin preguntarselo seriamente, sin ir, sino hasta el fondo, al menos hasta la puerta de atras de esa imperseptible verdad y espiar detras de la pesada cortina.

De pronto el calor empezó a nacerle desde adentro del pecho, a subir por su cuello e instalarse entre la nuca y las orejas. Las sintió hirviendo como esa noche que había escrito el cuento de Amelí, o cuando vomitó en el papel ese poema desgarrador y sincero. No había razones, no había porqués. Solo las palabras se arrebataban en su cabeza y el tenía que dejarlas salir en orden. Una a una mirando ambos lados y ubicandonse cada una a la misma distancia de la otra. 

Así venían las palabras hacia él y tenía que dejarlas salir. Y cada una dolía como una espina que se arranca de la carne sin paciencia ni cuidado. Cada palabra le dolía como un adios. Sentía que con ellas se iban sus lagrimas y en su lugar dejaban un vacio oscuro y frio. Donde había palabras y lagrimas ahora no había nada. Una nada espesa y pegajosa con olor a olvido.

Se preguntó a los gritos por qué escribía. Por qué evitaba los golpes? Por qué no se rendía? Y de un golpe, como si fuese otro, empezó a responderse. 

-Escribo infructuosamente para dar batalla en una guerra que ya perdimos -dijo-. La soledad y la muerte nos esperan a la vuelta de la esquina y nos ganaron sin pelear, sin esfuerzo alguno y sin posibilidad de revancha. Escribo para nada. Lanzas contra tanques. Cadenas contra buques. Letras contra el olvido. El desamor y la ausencia son devastadoras para el alma. Son como insignificantes y ruines cataclismos que cambian nuestra corteza para siempre. Y escribir ni siquiera mitiga el dolor solo nos alimenta el estupido orgullo que nos acompañará hasta la muerte. 

Así, de esa manera primitiva y brutal creyó tener una respuesta. Una respuesta certera, real, conmovedora e inútil. 

El trabajo del destino o la importancia de ser un pelotudo

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Un saxo sonaba lejano, la lluvia pintaba de gris la tarde y el día ya había sido lo suficientemente triste como para pensar en él. El café se enfriaba en el vaso y el incesante murmullo no lograba acallar las voces interiores que lo enjuiciaban. Atrás había quedado la hueca y banal discusión en la que nadie logró quedarse con la razón. Nunca supo como un espejo, su maldita ubicación, los había llevado a desnudar tanto rencor acumulado. Tanto reproche a plazo fijo. Decidió, una vez más, no tomar ninguna decisión. Cierta noche bohemia en el café Costa Azul un astrologo con más whisky que poderes le había dicho, después de interrogarlo sobre su fecha de nacimiento,
-Ud. es un hombre que se deja decidir por el destino.
Así decidió en esta oportunidad dejar la relación librada al azar como cuando la conoció. Había salido con un grupo de compañeros de oficina a tomar algo, pensó que era su oportunidad de sentarse junto Soledad y poder, al menos, insinuarle sus intenciones. Pero el bar elegido era como un angosto pasillo en una callecita empedrada al que fueron entrando de a uno y se fueron sentando por orden de ingreso. Había quedado ente medio de Javier y Guadalupe. Javier era un abogado mediocre, alto, de rulos y usaba unos anteojos con un marco negro, grueso y espantoso. Ella era muy alta, delgada y un tanto desgarbada. Tenía los pechos grandes y labios gruesos y carnosos.
Soledad había quedado lejos. Lejos de él pero demasiado cerca de Gastón un aspirante a fiscal, pedante, engreído y carilindo, que tenía más horas de gimnasio que de biblioteca. La charla entre ellos era animada y Soledad sonreía cada vez más distendida.
Néstor cambió de idea y en vez de compartir una cerveza con Javier y Guadalupe pidió un gin tonic bien cargado, que pensó lo ayudaría a disimular su decepción. Apuró el trago y se tomó la bebida de un sorbo largo, secó y cargado de indignación. Guadalupe lo miró con una sonrisa dibujada y lo alentó a pedir otro.
-yo quiero probar eso que tomaste con tantas ganas. Le dijo.
Llamó a la camarera y pidió un trago igual. El calor ya le había subido hasta las orejas y por un rato se olvido de espiar de reojo la animada charla entre Soledad y Gastón. Javier comenzó un tedioso relato de su mañana en tribunales que fue pagado con la burla y sorna de todos los presentes. Y entre el sonido de las risas y la música recordó cuanto despreciaba a sus compañeros. Mientras cavilaba sobre el desprecio y la repulsión se incomodó con la persistente e irritante mirada de Guadalupe. Le ofreció su vaso para zafar la situación ella lo tomó, bebió un largo trago y le dijo al oído:
-ahora voy a conocer tus secretos. Me muero por conocer tus secretos.
Los labios de ella estaban tan cerca de su oído que podía sentir la humedad y el calor de su boca. Néstor la miró con desconcierto y ella volvió a susurrarle.
-vamos a mi casa que esto es aburrido.
Salieron sin poder disimular, caminaron hasta el auto y ella lo guió ansiosa hasta un edificio en Caballito. Estacionó sin escuchar lo que Guadalupe parloteaba, caminaron unos metros, pasaron la puerta de vidrio y entraron a un enorme ascensor. Ya en él, Guadalupe, le tomó el rostro con ambas manos, acerco su cara y metió su lengua tan profundo en su boca que lo asustó.
Ya de mañana Néstor se vistió sigilosamente y se quedó sentado en el living esperando para irse. Ella se levantó se tomó su tiempo en el baño y al salir con una sonrisa desmedida para esa hora de la mañana lo abrazó y lo besó con menos intensidad que la noche anterior. Le dio una llave y quedaron en verse mas tarde en la oficina. Ya en su casa se dio una larga ducha caliente, se afeitó y eligió un traje una camisa y una corbata. Cuando ese día terminaron de trabajar de alguna manera Guadalupe se las había arreglado para terminar en la casa de Néstor.
Esa mañana mientras se afeitaba vio el cepillo de dientes de ella en el vaso y tomó conciencia de que llevaban 3 años de una insulsa convivencia. Al salir del baño ella estaba en living hojeando una revista cuando, sin sacar la vista de una publicidad de perfume, le dijo:
-me vas a colgar ese espejo al lado de la biblioteca de una buena vez?
-no. Había pensado ponerlo en el pasillo que va al cuarto.
-pero ahí no sirve para nada y además no me gusta.
-pero está bueno, es una forma de sentirme acompañado cuando voy por ahí, rumbo a la puerta o a la cocina.
-es una estupidez lo que estás diciendo. Es solo para contradecirme?
-No, no te contradigo, y no es una boludez. Pienso eso, lo compré pensando en eso.
-sos un imbécil…
Fue lo último que oyó. Después como en una película muda solo la veía agitar los brazos, gesticular y abrir grande la boca. Notaba como se encolerizaba, su imagen se desfiguraba, su rostro se ponía rojo y se le inflamaban las venas del cuello. Se miró las manos y se las vio oscuras , sudadas y temblorosas. Se dio cuenta que el también gritaba pero tampoco podía oír lo que decía.
Agarró la corbata, la dobló y la metió en el bolsillo. Salió del departamento y no pudo esperar el ascensor. Bajo por las escaleras a paso firme y decidido. En la calle sacó el celular y llamó al estudio.
-hoy no voy a aparecer Jorgelina, dejame anotados los llamados, bajá las citas y pedí disculpas.
-pero estas bien? Te pasa algo?
-todo bien, no te preocupes, inventá una excusa convincente y dejame todo anotado. Beso grande. Chau.
Caminó un buen rato hasta que empezó a llover y se sentó en un café. Un saxo sonaba lejano, la lluvia pintaba de gris la tarde y su vida ya había sido lo suficientemente triste. Empezó a albergar la esperanza de que el destino haga su trabajo y al volver a casa ella ya no esté.

Personajes

PERSONAJES
Entonces tomé la decisión de encontrar un personaje para la historia que no tuviese nada de mí, que no se me parezca en nada, que los rasgos, los gestos y las señas sean diferentes, opuestos y en permanente conflicto con este que soy siempre. Salí a dar una vuelta por mi imaginación con la esperanza de que alguno con los que convivo al menos tenga la deferencia de actuar distinto para esta historia.
-Es una historia distinta, que ni yo ni ninguno de nosotros merecemos.
Les dije. Me miraron indiferentes, creo que no asumieron que era la verdad. Traté de explicarles que iba en serio, que la historia necesitaba otras vidas, otros caminos.
Al principio me miraron con cierta compasión, hasta lástima les dio. Después se rieron a carcajadas.
-Cómo pensás que te vamos a creer que podes salir de la oscuridad, del vacío, del dolor? cómo pensás que podemos creer que nos vas a dejar ser diferentes? Nos vas dejar que nos caguemos de risa? Nos vas a dejar putear, ser superficiales?
Me dijo uno con indignación camuflada.
– La última vez que nos cagamos de risa era por una ironía.
Agregó otro que creo que no haber visto nunca antes.
Uno más salomónico propuso pedir uno prestado.
-Como Soriano -Me dijo- . elegí uno como los del gordo. Siempre elegís la peor parte de Soriano, la lúgubre, la oscura. El gordo se cagaba de risa.
Agregó.
Ya la historia me estaba costando bastante como para tener que, encima, bancarme una rebelión de personajes. Pensé que lo mejor, en una de esas era mandarlos a todos a cagar y que la historia se cuente con los hechos, sin gente, sin personas, ni personajes, como las viejas crónicas de diarios que respondían a las famosas seis preguntas.
-Váyanse a la puta que los parió. -les dije a los gritos-. Cuántas historias se pueden contar sin recurrir a darle a voz a un montón de desagradecidos como uds.
-No seas pelotudo -agregó otro con mucha convicción-. Ya así, no te lee nadie imaginate una historia sin voces, sin movimiento. Ya son bastante oscuras como para que encima le quites la poca vida que le damos los giles como nosotros.
En parte era cierto, no podría imaginarme una historia con final feliz. Es imposible imaginarse una vida con final feliz.
-Encima que la vida ya es una mierda en si misma estos pelotudos la juegan de libre pensadores -Me dije-.
Mientras discurría en estas notas mentales saltó otro con un aporte filosófico.
-No entiendo porque te haces el Nietzsche o el Schopenhauer si sos argentino. Acá o te cagas de risa o te das un corchazo como Favaloro.
Inexplicablemente seguí la discusión.
-No son tan oscuros los relatos -alegué sin convicción-. Siempre dejo abierta una puerta, una ventana por donde entra un poquito de luz.
-Negro, gris, azul…. Buscá. Buscá y si encontrás un amarillo, un naranja o un coral te publico todas la boludeces que escribís en la revista Ñ. –remató uno de los hijos de puta-.
Cuando me di cuenta que la discusión ya no tenía destino, decidí que lo mejor era cambiar de historia una más simple, más sencilla, de un tipo gris que en la vida no le va muy bien.