Un arquero inconcluso

Miguel_Angel_Santoro

El Gordo salió confiado, pero el viento o la astucia del shoteador le jugaron una mala pasada. La pelota se abre y le queda servida al 7 de ellos que no era muy grande, pero en dos pisadas en la mitad de la cancha había demostrado que no boludeaba.

Le pudo dar de aire, sin embargo prefirió asegurar y engancho con la zurda. El gordo se sintió perdido. Un paso atrás no le servía de nada, y ya no tenía 20 años para salir al encuentro del pendejo que se había perfilado para cantar el uno a cero.

Lo miró fijo y en el momento que el pibe levantó la vista para ubicar la pelota donde quería, se encontró con la mirada firme y segura del Gordo. No se asustó pero su pisada en el pasto no fue la misma. Decidió en ese momento que no iba a colocar la pelota y sacó un latigazo que paralizó el tiempo por una fracción de segundo. Lo único que se escuchó fue el chirlo de la pelota contra las manos del Gordo que las ponía juntas cerca el pecho, cubriendo el tiro con el cuerpo como dice el manual.

El rebote le quedó al Ruso que no lo dudó y sacó la pelota de la cancha de un puntazo que obligó suspender el partido por 5 minutos mientras la buscaron en unos matorrales espesos donde se podía haber perdido Tarzán. El Gordo se miró las manos, las tenía coloradas, le ardían. Unos guantes no hubieran estado mal, pensó.

Mientras Nico corría a saltar el alambre para recuperar la pelota, el Gordo se quedó parado en el borde del área chica mirándose las manos y por un momento se vio con 10 o 12 años en la canchita auxiliar de Gimnasia y Esgrima en Tandil o con el buzo rojo raído de San Martín de Viedma, donde empezó a jugar cuando se mudó Patagones, como en un sueño los escenario se confundían, pero igual que en un sueño, tampoco eran importantes.  Recordó los partidos contra Sol de Mayo, el Ciclón, Jorge Newbery, San Lorenzo de Barrio Lindo…

Así, se sintió transportado a ese verano espeso de 1985 cuando a los15 años y un amigo de la familia había conseguido que lo prueben en un club de primera en Buenos Aires. Sintió el calor y la humedad en su cuerpo, pese a otoño frío, ventoso e inclemente de la Patagonia, sintió la soledad de la pensión de la avenida Mitre, sintió la sobrecogedora presencia de la Doble Visera donde Bochini, Perci Rojas, Trossero, Villaverde y Grillo entre otros cracks habían llevado delante varias hazañas que hoy ilustran colecciones del Gráfico y la Goles.

Sintió inclusive el orgullo de ser uno de los tres –solo tres-  arqueros que quedaron después de las durísimas pruebas y sintió los nervios de esa mañana en que iba conocer al entrenador de arqueros del club.

Con el tiempo detenido a su alrededor, el Gordo se vió en la pensión preparando el bolso, las vendas, los botines, el buzo. Estaba listo para que se le cumpla el sueño, sentía vivo el recuerdo del momento en que pensó en Patagones, en los amigos, en Tandil, en la vieja, en lo orgulloso que se estaría sintiendo el padre de saberlo ahí por más que era fanático enfermo de San Lorenzo de Almagro.

Como en una película se veía  en el vestuario donde se había cambiado Bertoni,  Burruchaga,  Rolan ; Lacasia entre otros personajes de fábula. Sacó el pantalón, camiseta, buzo, medias, vendas, botines… Miró de nuevo dentro del bolso y pasó lista: pantalón, camiseta, buzo, medias, vendas, botines… No había guantes.

Un flashback  lo lleva a dar un vistazo de la habitación de la pensión y los ve ahí muy campantes, cagándose de risa en la cama junto a la almohada. Empezó a transpirar copiosamente, el sudor frió le corría por las manos y ya no había ni tiempo ni a quien pedirle ayuda.

Se terminó de cambiar y ahí salió: un arquero inacabado, inconcluso.

El tipo no era muy alto, pero tenía una figura imponente. Un pantalón azul, un buzo blanco impecable con un escudo rojo que de C.A.I y una gorra gris topo con el mismo emblema que el buzo. Caminó a paso firme mirando a todos en un paneo amplio pero preciso y se presentó: -para los que no me conocen soy Miguel Ángel Santoro, entreno a los arqueros del club

Ahí estaba Pepé con la sobriedad y la extraordinaria seguridad con la que había cuidado durante años los tres palos del Rojo. Después de las presentaciones de rigor y una breve charla introductoria iba a empezar el entrenamiento. El Gordo temblaba por dentro, no tenía miedo de atajar, no lo asustaban los arcos ni los pateadores, imaginaba el papelón, por aquello que se había dejado en la cama de la pensión. Se resignó y parado en exacto medio del arco esperó estoico su destino.

Ricardo Pavoni que ostentaba su característico espeso bigote negro acomodó la pelota y dio un par de pasos hacia atrás. El silencio al gordo se le hacía interminable y no quería mirar la cara del entrenador de arqueros ni siquiera para ver si le daba alguna indicación.

El silencio que parecía eterno se rasgó con una risotada estruendosa

-jajaja!! mira Chivo, -dijo Pepé- este es de los míos, no usa guantes.
Al Gordo le volvió el alma al cuerpo. Atajó como nunca esa mañana, tanto es así que hasta que no terminó el entrenamiento no se dio cuenta de cómo le habían quedado las manos de tapar los tiros con los que el Chivo Pavoni, lo había fusilado toda la jornada.
-Gordo!!  Mauri!!, pelotudo!!! despertate que están sacado- le dijo el Ruso cuando lo trajo de vuelta.

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